Por la inundación y la falta de caminos “perdimos de hacer tres mil rollos de pasto” cada uno

Diego Campagnoni, contratista de la zona de 9 de Julio en provincia de Buenos Aires, dejó en claro que la última campaña de forrajes no fue simplemente mala, fue una batalla perdida en múltiples frentes.

La inundación que afectó la zona de 9 de julio, en la provincia de Buenos Aires, dejó serios problemas para productores y para toda la cadena productiva. En ese marco, Diego Campagnoni, contratista de la zona de 9 de Julio en provincia de Buenos Aires dialogó con el colega Ciriaco Torres, del Regional Digital.

En esta campaña todo un sector vio cómo el trabajo de un año se evaporaba entre campos inundados que luego se agrietaron por la sequía, y caminos rurales que se volvieron barreras infranqueables. 

Diego Campagnoni, contratista (foto Ciriaco Torres)

El resultado es una campaña forrajera diezmada, con miles de rollos menos y pérdidas económicas que ponen en jaque la viabilidad de sus operaciones para el próximo ciclo productivo.

La campaña de forrajes es un pilar estratégico para la ganadería, proveyendo el alimento esencial para el ganado durante los meses de escasez. Su fracaso, por tanto, no es un evento aislado, sino el inicio de un efecto dominó que presiona a toda la cadena productiva. 

La campaña reciente, descrita por los contratistas como «complicada» desde su inicio, se convirtió en el escenario perfecto donde los extremos climáticos y las deficiencias de infraestructura conspiraron contra la producción.

El ciclo comenzó bajo el signo del exceso de agua. Las inundaciones impidieron el acceso a los campos en el momento oportuno, generando una consecuencia inmediata y lapidaria.

«Se pasaron los pastos, así que un corte menos», resumió.

El impacto fue especialmente severo en cultivos sensibles como la alfalfa, vital para la calidad del forraje. Cuantificando un daño significativo en la cobertura de las pasturas implantadas, que estima en una pérdida de entre un 25% y 30%.

Como si fuera una ironía del destino, tras el anegamiento llegó el extremo opuesto. «Ahora salimos con esto de la seca», comentó. La falta de humedad en el perfil del suelo impidió la siembra de verdeos de invierno clave, como la avena, dejando otro vacío en la planificación forrajera anual. El campo pasó de no poder ser trabajado por exceso de agua a no poder ser sembrado por la falta de ella.

A la crisis climática, se le sumó un agravante más: el mal estado de los caminos rurales. Hubo situaciones en las que, incluso si las condiciones del lote lo permitían, el trabajo era imposible. 

En ese marco, Campagnoni fue categórico al afirmar que hubo campos donde «no se pudo sembrar porque no había camino para llegar». Esta barrera logística no solo retrasó las tareas, sino que en muchos casos las canceló por completo, sumando hectáreas improductivas a una campaña ya muy golpeada.

Un golpe casi de nockout

Las dificultades descritas no se tradujeron únicamente en menos hectáreas trabajadas, sino que golpearon directamente la línea de flotación de los negocios. La drástica caída en el volumen de producción, sumada al deterioro de la calidad del forraje obtenido, comprometió la rentabilidad y obligó a los contratistas a trabajar a destajo para salvar lo poco que se podía.

El impacto económico es tangible y alarmante. «Un análisis de 2000 o 3000 rollos cada uno menos, más o menos, a comparación de otro año». 

Para traducir esa cifra a la economía real de su empresa, le pone un nombre concreto al dinero perdido. Esta merma, explica, equivale a «las cuotas de un tractor, de una enrolladora». 

Esta afirmación subraya la gravedad de la situación: las ganancias que debían destinarse a la reinversión y capitalización del negocio simplemente no existieron, generando una complicación financiera directa para el año en curso.

Además de la cantidad, la calidad del producto final se vio seriamente comprometida. El retraso forzado en el inicio de las labores —el primer corte se demoró entre «20, 25 días»— significó trabajar con pasturas pasadas de su punto óptimo. El resultado fue «un corte malo» y «mucho pasto de mala calidad».

Para mitigar el déficit, los contratistas recurrieron a la confección de reservas a partir de cultivos de cosecha como el trigo y la cebada. Si bien esta estrategia permitió «compensar un poquito», aclaró que se trata de «un rollo de inferior calidad». 

Esta decisión, sin embargo, revela una gestión de crisis más profunda: fue una elección estratégica para evitar un mal mayor. «Antes de llegar a ser uno de soja o una chala maíz», explica, «preferimos hacer más de trigo y no tanto de eso», demostrando la jerarquía de opciones indeseables que debieron manejar.

A pesar de las pérdidas severas y el esfuerzo invertido para obtener un producto subóptimo, la mirada del sector ya está puesta, con cautela, en el ciclo que viene.

Con la mirada en el futuro

La resiliencia es una característica intrínseca del productor agropecuario, acostumbrado a levantarse tras cada golpe. Sin embargo, la incertidumbre define su horizonte. Las expectativas para la próxima campaña forrajera son un delicado equilibrio entre el deseo de que las condiciones mejoren y la plena conciencia de que los factores decisivos escapan a su control.