Calidad y nutrición animal: El rol estratégico de la alfalfa en la dieta 

Los primeros días de marzo, en Huesca (España) tuvo lugar la cuarta edición de JECA. El evento, organizado por AEFA es un punto de encuentro del sector alfalfero donde se analiza la actualidad y se intenta establecer metas para el futuro.

La jornada JECA 2026 se ha consolidado como un foro de análisis crítico en un momento donde la volatilidad es la única constante. Sin embargo, y pese a las situaciones geopolíticas que pueden suceder, hay una situación que no se puede “detener”… los animales en el mundo necesitan alimento.

La presencia de Fernando Bacha Baz, especialista de Nacoop, dentro del panel de disertantes del evento apuntó a intentar entender que en tiempos de crisis, la seguridad alimentaria animal depende de bases sólidas y predecibles.

Bacha Baz centró su ponencia en la alfalfa como el núcleo de la eficiencia biológica, especialmente en la exigente cuenca lechera europea. Para el experto, la leguminosa es la «mejor fuente de proteína en base forrajera» disponible, situándola como el componente esencial para sostener la rentabilidad frente a las oscilaciones de los insumos globales. 

Esta visión estratégica vincula directamente la supervivencia económica del productor con la comprensión profunda de la composición nutricional del cultivo.

La alfalfa, fuente proteica de élite

Para poder analizar a la alfalfa necesitamos conocer que sistema productivo impulsaremos. En España, mientras el ganado de carne suele basar su dieta en paja, la producción de leche reserva a la alfalfa un lugar de privilegio. 

La internacionalización de los precios, impulsada por la voraz demanda de exportación hacia mercados de Medio Oriente, ha generado una prima de calidad que obliga al productor local a una gestión quirúrgica. Bacha Baz es tajante: es «con diferencia, la fuente de proteína de mejor calidad que tenemos a nuestra disposición».

Aquí surge una diferencia competitiva crucial entre los modelos de suministro. Mientras que en Argentina predomina la comercialización directa entre el productor de alfalfa y el tambo —un modelo que a menudo sufre de variabilidad cualitativa—, el sistema español está mediado por una industria deshidratadora que actúa como garante de estabilidad. 

Esta homogeneidad industrial es la que permite alcanzar los estándares de la industria española, donde se mencionan rendimientos de hasta 43 litros de leche por vaca; una meta de éxito productivo que solo es posible cuando el insumo mantiene una calidad constante, algo que el modelo de venta directa difícilmente puede asegurar de forma sostenida por esa falta de homogeneidad que puede ofrecer la industria.

Pese a que esa oferta puede ser una ventaja, sucederá siempre que la operatividad de la misma sea la adecuada. Para Bacha Baz “una deshidratación mal ejecutada puede resultar en un producto inferior al secado al sol”. La industria, por tanto, no solo vende forraje, sino estabilidad nutricional.

La trampa de la «proteína falsa»

El error más alarmante en el manejo de la alfalfa es la sobrevaloración del producto basada en análisis superficiales. El problema crítico reside en la pérdida de material foliar (la hoja) durante el secado o empaquetado defectuoso. Cuando la alfalfa pierde la hoja, el productor se queda con una estructura mayoritariamente compuesta por tallo.

Esto genera lo que podríamos denominar la «trampa de la proteína falsa»: un análisis de laboratorio puede arrojar niveles aceptables de Proteína Bruta (PB), pero dado que la mayor parte de esa proteína ya no es digestible por la pérdida de la hoja o por una mala deshidratación, el rendimiento real en el animal fracasa.

Más allá de la proteína, la alfalfa ofrece virtudes que el mercado a menudo ignora como su excepcional riqueza mineral. 

Esta capacidad de regulación asegura un flujo continuo y estable de nutrientes hacia el intestino y la glándula mamaria. Bacha Baz define a la alfalfa como un «regulador del equilibrio ruminal excelente». 

En dietas de alta producción, donde el riesgo de acidosis es latente, la alfalfa aporta lo que podríamos llamar «paz metabólica», estabilizando el ambiente ruminal para que el resto de los componentes de la dieta, como los concentrados, funcionen a su máximo potencial.

La integración de la alfalfa en la dieta debe ser técnica, no intuitiva. Para sistemas lecheros, el picado ideal debe rondar los 5 centímetros. Un manejo deficiente en los carros mezcladores —especialmente el uso excesivo de cuchillas— puede pulverizar la hoja y separar los nutrientes, anulando los beneficios de la deshidratación industrial.

Asimismo, la eficiencia económica exige una reformulación integral. Dado que la alfalfa tiene un costo elevado y un aporte energético limitado, su inclusión debe ser compensada con fuentes de energía de alta calidad, como el maíz. 

Como advierte el experto, incluir alfalfa «por incluirla» sin ajustar la energía convierte al forraje en un «costo excesivo». 

La alfalfa, el forraje del pasado, presente y futuro

La visión de Fernando Bacha Baz es definitiva: la alfalfa es el «forraje ideal». Su equilibrio entre aporte proteico, riqueza mineral y beneficios agronómicos —devolviendo nitrógeno y salud a la tierra— le asegura un lugar de privilegio en la nutrición del futuro.

En un mercado global que penaliza la ineficiencia, la alfalfa se presenta como la garantía de estabilidad que el productor moderno necesita. La sentencia final de Bacha Baz en la JECA 2026 no deja lugar a dudas sobre la vigencia de este recurso: «Es de los forrajes que jamás van a dejar de usarse, jamás».