El uso del agua, tema de debate en el Congreso Mundial de Alfalfa

El tema fue puesto en agenda y en discusión por un panel de especialistas. ¿La alfalfa es derrochadora de agua o una de las más eficientes en la gestión hídrica?, con esa pregunta dejaron pensando a todo el auditorio.

El segundo día del Congreso Mundial de Alfalfa tuvo varias sesiones, entre ellas, la sesión 3 que abordó la problemática del agua. Sabemos que en el mundo es un tema complejo, y pese a que algunos busque ignorar la cuestión, urge eficientizar su uso. 

Uno de los temas fundamentales del Congreso Mundial de Alfalfa fue la utilización de este elemento vital. La discusión se centró en una tensión fundamental que define el presente y futuro del cultivo: por un lado, una arraigada percepción pública que etiqueta a la alfalfa como un cultivo derrochador de agua y, por otro, la defensa apasionada de los expertos que, armados con datos, la consideran una de las plantas más eficientes en su gestión hídrica. 

En esta nota vamos a intentar “desglosar” los mitos que la rodean, las realidades de su manejo en el campo y los desafíos globales que enfrenta, desde las políticas de riego hasta la comunicación con una sociedad desconectada de su origen alimentario. 

El consumidor medio, ya sea en Salt Lake City o en París, disfruta de productos lácteos sin saber que su origen está ligado a este cultivo, una desconexión que los especialistas consideran urgente resolver. El primer paso para ello es entender y desmontar la percepción errónea que ha puesto a la alfalfa en el banquillo de los acusados.

El futuro de la agricultura no se juega únicamente en el campo, sino también en el terreno de la percepción pública. Las opiniones, incluso sin base científica, tienen el poder de moldear políticas hídricas y determinar el destino de cultivos enteros. 

El panel de discusión estuvo conformado por Peggy Sevestre (Reims), Earl Creech (Utah University), Jaume Areny (Aldahara), Daniel Putnam (USA), Mohammed Morandi (Marruecos) y Suresh Bhamidimarri (USA).

La alfalfa es un claro ejemplo de este divorcio profundo entre la opinión general y la realidad agronómica. El estigma ha alcanzado tal nivel que un profesor de la Universidad Estatal de Utah fue invitado a dar una charla ante líderes gubernamentales y empresariales con un título tan impactante como revelador: «Alfalfa, el contagio verde». Su misión, según relató, fue explicar por qué la alfalfa no es una «enfermedad para la sociedad», sino un cultivo de gran valor.

Frente a esta visión distorsionada, los expertos del panel opusieron datos contundentes. Jaume Areny  de Aldahara, con base en España, fue categórico al afirmar que los hallazgos de los estudiantes del Dr. Pudman en sus artículos demuestran que la alfalfa «es uno de los cultivos que usa el agua más eficientemente». Esta realidad, sin embargo, no ha permeado en la conciencia colectiva. 

Por ello, el panel lanzó un llamado a la acción para que todo el sector trabaje de manera coordinada en comunicar las «bondades de la alfalfa» no solo en su relación con el agua, sino también en sus beneficios para la biodiversidad y la salud del suelo. Pero la validación más contundente de esta eficiencia no provino de un laboratorio, sino del campo mismo, que se convirtió en la prueba irrefutable de que la teoría agronómica era correcta.

Lecciones de la sequía: La resiliencia a prueba en el campo

Esa prueba irrefutable llegó con la severa sequía vivida en España durante 2023, que sirvió para confirmar en el campo lo que los estudios académicos ya adelantaban. 

Tal como lo expresó Areny, «aprendimos que después de una sequía la alfalfa vuelve a rebrotar en la mayoría de los casos y continúa teniendo una producción normal», demostrando una robustez excepcional.

Sin embargo, esta resiliencia tiene límites. La crisis también sirvió para identificar las condiciones de vulnerabilidad del cultivo, que sufrió daños significativos en escenarios específicos:

• Muerte de plantas: Ocurrió en zonas con «poca cantidad de suelo», donde la capacidad de retención de humedad es menor.

• Pérdidas severas: Se registró la pérdida del «80% de las plantas» en alfalfas de primer año, más vulnerables por su sistema radicular menos desarrollado.

Esta crisis hídrica también actuó como un catalizador para la innovación. En regiones acostumbradas a un sistema de riego por turnos adaptado al maíz (con 10-11 riegos por ciclo), la escasez forzó un cambio radical. Se adoptó un riego «a la demanda del cultivo», un enfoque mucho más preciso y eficiente. 

Los resultados fueron notables: se lograron producciones cercanas al 90% del rendimiento habitual con solo siete riegos, lo que representa una «gran mejora en la eficiencia del agua». Esta adaptación a nivel de parcela es un reflejo de los debates más amplios sobre cómo gobernar el agua a escala global.

Gobernar el agua

La gestión del agua no es solo una cuestión técnica de milímetros y hectáreas; es un asunto profundamente político y legal. Las estrategias varían drásticamente entre países e incluso regiones, creando un mosaico de enfoques que complica la búsqueda de soluciones universales para un recurso cada vez más escaso.

En gran parte de Estados Unidos, el derecho a usar el agua se rige por el principio de «el primero en el uso productivo», que otorga a los agricultores un derecho histórico sobre el recurso. 

Sin embargo, el agua sigue siendo un bien público que pertenece al estado, lo que genera una compleja red de regulaciones. En Utah, las fuentes de agua son principalmente dos: el agua superficial, que depende casi por completo de la «nieve acumulada» (snowpack) en las montañas, y el agua subterránea. Es en esta última donde reside la mayor amenaza. 

Muchos acuíferos están siendo sobreexplotados, extrayendo agua a un ritmo más rápido que su recarga natural. La advertencia de Earl Creech fue directa: «algún día tendremos que rendir cuentas» (have a reckoning). Esta situación insostenible obligará en el futuro a tomar medidas drásticas, como dejar de regar tierras o implementar recortes severos.

Planificación…

En contraste con el modelo estadounidense, el enfoque europeo presenta modelos más colaborativos y preventivos. En España, por ejemplo, la cantidad de agua disponible para el riego se decide «conjuntamente con la comunidad de regantes» y la administración pública, fomentando una gestión compartida y negociada del recurso.

Por su parte, Francia muestra una visión de planificación a largo plazo. En la región del Grand Est, la alfalfa actualmente no se riega. Sin embargo, el país ya cuenta con un plan nacional («Plan Eau») que establece el objetivo de alcanzar la neutralidad en el uso del agua agrícola para 2030 o 2050. 

Este enfoque preventivo busca anticiparse a futuras tensiones hídricas, aprendiendo de las experiencias de regiones que ya se encuentran bajo estrés. En última instancia, ya sea regida por derechos históricos en Utah o por planes preventivos en Francia, toda política hídrica de alto nivel encuentra su prueba definitiva en manos de una única figura: el agricultor, quien debe traducir la norma en práctica, enfrentando los desafíos diarios de la tecnología y la gestión de recursos.

Por lo tanto, el panel de discusión conformado por expertos en la temática reveló una “verdad” inobjetable: existe una peligrosa brecha entre la percepción pública de la alfalfa y la realidad científica de su eficiencia hídrica. 

Cerrar esta brecha es fundamental, pero es solo uno de los múltiples frentes que el sector debe abordar para garantizar un futuro sostenible. Los desafíos principales se pueden resumir en tres áreas clave:

1. El desafío de la comunicación: Es urgente educar a la sociedad y a los líderes políticos sobre el verdadero valor agronómico y la eficiencia de la alfalfa. Solo así se podrán contrarrestar mitos tan dañinos como el del «contagio verde» y tomar decisiones informadas sobre las políticas del agua.

2. El desafío tecnológico: La adopción de tecnología es crucial. Muchos agricultores, como señaló un experto, aún «no saben dónde está el agua» en sus propios campos. Acelerar la implementación de herramientas como el monitoreo de la humedad del suelo es indispensable para pasar de un riego intuitivo a uno de precisión.

3. El desafío de la gestión: Los sistemas de gobernanza del agua deben adaptarse a las realidades del cambio climático. Es necesario aprender de las diversas estrategias globales, desde la gestión colaborativa y planificada de Europa hasta la inevitable «cuenta pendiente» que enfrentan las regiones con acuíferos sobreexplotados.

El futuro de la alfalfa, y de la agricultura en general, dependerá menos de la cantidad de agua disponible y más de la inteligencia, la tecnología y la voluntad colectiva para gestionarla de una manera eficiente, justa y sostenible.