El sector alfalfero español, un pilar de la agroexportación, se encuentra en una encrucijada crítica. Desde el Congreso Mundial de Alfalfa, Luis Machín, presidente de la Asociación Española de Fabricantes de Alfalfa Deshidratada (AEFA), ha trazado un diagnóstico tan crudo como esperanzador.
Ante una notable caída de la producción y la creciente presión de un mercado global cada vez más exigente, España fija su mirada en la innovación genética, pensando en mejorar la productividad de las semillas.
Ante la consulta, Machín aseguró que intentarán aplicar “la tecnología Crispr”, que se perfila como la herramienta estratégica para asegurar el futuro de un cultivo fundamental, una apuesta motivada por una compleja red de desafíos tanto globales como locales.

El principal desafío es producir más materia seca en la misma cantidad de hectáreas debido a la competencia de otros cultivos y las presiones del cambio climático.
Como la única vía de crecimiento es vertical el objetivo a trabajar es “extraer más valor de cada hectárea” y como una estratégica para el futuro del sector, sabiendo que durante años, el desarrollo de semillas en España se ha estancado, provocando una perceptible “bajada de rendimientos”.
El promedio actual, según sus estimaciones, se sitúa en unos 13.000-13.500 kilos por hectárea, una cifra que el sector considera imprescindible mejorar.

La solución que AEFA impulsa es un proyecto vanguardista fundamentado en la tecnología CRISPR, una técnica de edición genética de alta precisión que permite desarrollar nuevas variedades sin introducir genes de otras especies.
Machín es enfático al aclarar la naturaleza de esta herramienta: “no es modificación genética, no es GMO”. El objetivo es claro: utilizar esta tecnología para “relanzar las producciones de Alfalfa”, desarrollando variedades más resistentes, productivas y adaptadas a las nuevas condiciones climáticas.
Mirando nuevos horizontes
El referente de la entidad española fue claro: existe una clara oportunidad para que la alfalfa “esté más presente otra vez en las raciones de alimentación del ganado”, un potencial impulsado por el interés de mercados emergentes en el sudeste asiático y África.
Para capitalizar esta demanda subrayó la necesidad de que los países productores trabajen en conjunto para “hacer fuerza y promocionar la alfalfa en el mercado internacional”.Sin embargo, esta oportunidad viene acompañada de una condición que Machín califica como no negociable: la calidad y la trazabilidad total.
“Producir calidad es la máxima común porque es lo que demanda el mercado”, afirma.
Los compradores internacionales exigen un historial completo del producto y quieren saber “de dónde, qué campo ha salido, cómo ha sido tratado, en qué contenedor ha sido enviado”.
Esta presión global por una producción hiper eficiente y de alta calidad pone los desafíos domésticos de España —específicamente su producción decreciente— bajo un foco implacable.
A pesar de las prometedoras perspectivas del mercado global, la realidad en el campo español es más compleja. “Los últimos años la producción española más bien ha bajado”, reconoce Machín. Esta tendencia negativa no responde a un único factor, sino a una confluencia de retos estructurales que amenazan la viabilidad del cultivo.
Hay tres factores clave que explican esta situación:
• Competencia con otros cultivos: La alfalfa se enfrenta a la presión de siembras que pueden resultar más rentables o menos laboriosas para los agricultores.
• Envejecimiento del sector: La falta de relevo generacional es una preocupación creciente, ya que la alfalfa es “un cultivo que lleva mucho mucho trabajo”.
• Impacto del cambio climático: La gestión de fenómenos meteorológicos extremos, como olas de calor seguidas de caídas drásticas de temperatura, ha afectado “muchísimo al cultivo”.
No obstante, Machín contrapone estos desafíos con los sólidos puntos fuertes de la alfalfa: su “seguridad económica muy fuerte”, sus probados beneficios medioambientales y su acceso a un “mercado muy amplio, que no solo está centrado en uno, dos o tres países”, lo que ofrece una valiosa diversificación del riesgo. La estrategia, por tanto, pasa por potenciar estas fortalezas para revertir la tendencia negativa.
Por lo tanto, para el entrevistado el éxito dependerá tanto de la mejora del cultivo como de un inteligente posicionamiento estratégico en los mercados. Su consejo a Argentina ilustra esta filosofía: es crucial analizar el producto, la logística y la cadena de valor para identificar nichos donde se pueda ser competitivo.
En la genética reside, hoy más que nunca, la clave del futuro de la alfalfa española.
“Nosotros, por ejemplo, en España vendemos muy poco al centro de Europa porque somos muy poco competitivos desde el punto de vista del transporte”, admite.
Así, el futuro del sector se definirá en tres grandes frentes. El reto inmediato es revertir la caída de la producción. A la par, es vital combatir la falta de interés del agricultor para asegurar el relevo generacional. Pero la sostenibilidad de todo el sector descansa sobre el éxito del proyecto de mejora genética.
Como resume el propio Machín, las prioridades son claras: semillas, producciones y relevo generacional.
