Mujeres que abren caminos: liderazgo y evolución femenina en la alfalfa Argentina

En el Día Internacional de la Mujer desde TodoAlfalfa decidimos reflexionar sobre la equidad en el campo argentino. No hablamos de cupos ni de lo políticamente correcto, hablamos de una transformación donde el patriarcado deje su lugar de privilegio y la igualdad de oportunidades sean reales y no frases de “historia de instagram”.

En el Día Internacional de la Mujer desde TodoAlfalfa decidimos reflexionar sobre la equidad en el campo argentino, y eso nos exige superar el conformismo del gesto simbólico. No se trata de una concesión de cupos ni de un ejercicio de corrección política; se trata de una transformación estructural que posiciona la mirada femenina como un pilar de innovación y gestión en una industria históricamente delineada por el patriarcado. 

En el sector de la alfalfa y la agroindustria la diversidad de perspectivas no es solo un valor ético, sino una ventaja estratégica: la capacidad de abordar problemas complejos desde marcos mentales distintos permite desarticular sesgos que durante décadas limitaron el potencial de crecimiento. 

Desde nuestro medio consultamos a tres referentes del sector: la bióloga Marta Álvarez, directora de Palo Verde; la ingeniera agrónoma Verónica Ballario, de Forage Genetics International (Alflafas WL) y la biotecnóloga Natalia Fuentes, Alfapro group SA, Santa Fe.

Las protagonistas señalaron que la pluralidad de enfoques enriquece el trabajo colaborativo, permitiendo que la «impronta femenina» —esa amalgama de rigor técnico y sensibilidad organizacional— se convierta en el motor de soluciones disruptivas para los desafíos del lote y el mercado global. 

Esta madurez es el resultado de un recorrido de años, donde la mujer ha transitado de la periferia administrativa al epicentro de la toma de decisiones.

Un largo camino, al que todavía le falta reconocimiento

Hace treinta años, el paisaje de la alfalfa argentina estaba dominado por la inercia de empresas familiares donde la dirección era potestad exclusiva del hombre. El «lote» era un territorio de mandatos heredados y desconfianzas generacionales. 

Sin embargo, el sector fue “mutando, transformandose” y pasó de ser un espacio exclusivo a un lugar donde la competencia técnica y el conocimiento fue dando más lugar a la mujer, aunque todavía falta. Pero, en esta transición se puede ver el paso de la invisibilización a un  presente donde las mujeres lideran áreas de biotecnología, comercio exterior y consejos de administración.

Dos trayectorias fundamentales permiten trazar este cambio de paradigma:

Marta Álvarez: Bióloga de formación, inició su carrera en el Instituto Nacional de Semillas (INASE), realizando inspecciones técnicas en campos donde la presencia femenina era una anomalía. Tras fundar y dirigir durante dos décadas el Laboratorio Génesis, hoy lidera junto a Carlos Crossi la firma Palo Verde. Su historia es la de quien ha sabido transformar la inspección de campo en dirección estratégica.

Verónica Ballario: Con 55 años y una carrera iniciada a los 23 como becaria del INTA, ha consolidado un liderazgo dual de alto impacto. Se desempeña como fitomejoradora de alfalfa para la firma estadounidense Forage Genetics, mientras gestiona la administración de su empresa agropecuaria familiar. Además, desde 2017, integra el Consejo de Administración de la Cooperativa General Paz.

A pesar de estos hitos, la estructura del negocio aún conserva resabios de una cultura que hoy choca con la realidad de una generación que viene «con otra cabeza», exigiendo un análisis profundo sobre las barreras que aún persisten.

Desafíos estructurales: Romper el techo y discutir la brecha salarial

Aunque la participación femenina es hoy una realidad innegable, el ascenso a los peldaños jerárquicos más altos y la equidad remunerativa permanecen como asignaturas pendientes. 

La agroindustria, arraigada en tradiciones centenarias, arrastra una desigualdad sistémica que se manifiesta en el bolsillo: el hombre, por norma, sigue percibiendo salarios más elevados. 

Marta Álvarez es contundente al respecto: erradicar esta injusticia «va a costar», pues no se trata solo de un ajuste contable, sino de desmantelar una mentalidad que otorga ventajas automáticas al género masculino.

Más allá de la brecha económica, existe una deuda histórica con las vocaciones silenciadas. Muchas mujeres, décadas atrás, quedaron en el camino sin poder desarrollarse profesionalmente por el hecho de ser mujer.

Hoy, el mérito y la solvencia técnica se erigen como las únicas herramientas legítimas para quebrar esos techos de cristal, conectando la justicia social con la eficiencia productiva que el campo demanda.

Romper creencias…

Natalia Fuentes, biotecnóloga de Alfapro Group, argumenta que la presencia femenina en eslabones que van desde la investigación genómica hasta la logística de exportación constituye una «ventaja estratégica». No se trata de una sustitución de roles, sino de una integración de capacidades. 

Verónica Ballario refuerza esta visión: el objetivo no es mimetizarse con los hombres ni adoptar sus formas, sino aportar desde un marco mental diferente. Habilidades como la organización meticulosa, la calidez humana y la comunicación asertiva son activos que las empresas modernas valoran como diferenciales competitivos.

Esta perspectiva se valida en el trato diario con los trabajadores rurales. Ballario sugiere que, para derribar prejuicios en el campo, la clave es la humildad técnica: «escuchar a quienes conocen el lote palmo a palmo». Al reconocer la experiencia del trabajador de campo, la profesional recién egresada —sea hombre o mujer— deja de ser una figura de autoridad impuesta para convertirse en un aliado, en una «mano derecha». En ese vínculo de respeto mutuo, el género se vuelve irrelevante frente a la solvencia del trabajo bien hecho.

El camino que las nuevas generaciones deben continuar

EL mayor logro ha sido «abrir el surco». Las jóvenes agrónomas y veterinarias que hoy ingresan al mercado lo hacen sobre un terreno que fue desmalezado con esfuerzo y resistencia por sus predecesoras. Este relevo generacional es tangible en casos como el de Paloma, la hija de Marta Álvarez, quien desde el área legal vinculada al agro representa la nueva frontera de la profesionalización femenina en toda la cadena de valor.

Para quienes se inician en este camino, las referentes proponen una hoja de ruta basada en la excelencia:

Valores: La inclusión y el respeto son la base del contrato. Como afirma Ballario: «Si no me toman por un tema de género, se lo pierden ellos».

El respeto se gana: La autoridad no se hereda; se construye con compromiso y solvencia técnica diaria.

Formación y mérito: El estudio constante, el dominio de idiomas y la capacitación técnica son las herramientas que permiten que el logro sea objetivo e indiscutible.

El horizonte de la agroindustria argentina se vislumbra en un escenario donde el género sea una característica y jamás una limitante. El estándar de evaluación debe ser, única y exclusivamente, la capacidad profesional. Como manifestó Marta Álvarez, se trata de seguir «haciendo camino al andar», con el optimismo de quien sabe que la dirección es la correcta pero con sabiendo que la realidad pondrá escollos en el camino que deberán sortear para dar continuidad a la apertura de “nuevos surcos”.

Porque para lograr un espacio más humano y justo debemos alcanzar la “brecha cero” y no solo desde lo discursivo, sino desde la realidad. Un punto de justicia laboral donde la equidad de oportunidades no sea una aspiración, sino la norma. Donde el mérito y la capacidad sean más importante que el mandato.