El negocio de la alfalfa continúa brindando a Argentina una oportunidad histórica. Siendo el segundo productor mundial de alfalfa, la participación en el mercado mundial es ínfima (1,5 por ciento).
Sin embargo, y pese a la guerra (algo transitorio), la coyuntura internacional ofrece una ventana de urgencia estratégica: los costos de producción en el hemisferio norte —Estados Unidos y Europa— han volado por los aires debido al encarecimiento de la energía y el gas post-guerra en Ucrania.
El productor americano promedio hoy tiene los números complejos, mientras que las plantas deshidratadoras españolas enfrentan facturas energéticas insostenibles.
Como advirtió el empresario Alfredo Abboud, titular de CADAF, Argentina posee las condiciones para consolidarse como el segundo exportador mundial, asumiendo el rol de proveedor global de proteína y fibra.

Pero esta oportunidad no es un derecho adquirido por la fertilidad del suelo, sino un desafío de competitividad. Mientras el mundo válida precios altos para asegurar su seguridad alimentaria, Argentina debe decidir si seguirá siendo un actor periférico o si profesionalizará su cadena para capitalizar una demanda que no espera.
La transición de un cultivo de apoyo a una unidad de negocio industrial es, por primera vez, una obligación de supervivencia comercial.
La «marca país» en el sector de la alfalfa ha sido impactada por una cultura comercial poco seria. Durante décadas, el sector operó bajo una lógica oportunista: seducir a clientes internacionales con muestras de excelencia para luego enviar contenedores con mercadería fuera de estándar, con excesos de humedad o presencia de malezas. Para Abboud «Argentina sigue siendo poco serio en esto… alegremente ofrecemos lo que no tenemos».
Esta falta de compromiso en los volúmenes y la calidad no solo daña la reputación, sino que genera riesgos industriales críticos.
Un producto de baja calidad no es solo «menos nutritivo»; es un riesgo sanitario. La presencia de fermentaciones butíricas (Clostridium) puede arruinar la producción de quesos de masa dura a nivel industrial y provocar cetosis en los rodeos. Por ello, la estandarización bajo protocolos internacionales (INTA/EE.UU.) es el único lenguaje válido para el mercado global.
Para Gastón Urrets Zavalía, integrante del Grupo Alfalfa del INTA Manfredi y del Clúster de Alfalfa, “en el negocio de exportación, la logística es el corazón del margen: el 60% del valor de una tonelada de alfalfa es flete”. Esta realidad impone una necesidad absoluta de densidad.

Para lograr un producto que cumpla con el límite crítico del 14% de humedad sin perder la hoja (donde reside la proteína), la tecnología ha dado un «golazo» con las vaporizadoras. Estos equipos permiten re-humectar superficialmente la andana cuando el material está demasiado seco, triplicando la capacidad de trabajo de las mega-enfardadoras y evitando el desprendimiento de la hoja.
También hizo hincapié en las innovaciones estratégicas para la rentabilidad como la incorporación de segadoras acondicionadoras y rastrillos de nueva generación que permiten acelerar el secado y evitar la incorporación de tierra, lo que reduce la contaminación por cenizas.
A su vez, destacó la necesidad de inversiones en infraestructura para resguardar la mercadería. “Un tinglado se amortiza con la sola pérdida de dos cortes que se mojan por falta de resguardo”, apunta y concluye con el secado artificial: “el modelo español y canadiense de plantas industriales es la solución definitiva para desacoplar la producción del riesgo climático y garantizar un flujo constante de exportación”, marcó.
En tanto, para Juan Elizalde, otro de los disertantes presentes en esta propuesta, hay que empezar a ver a la alfalfa como el “envase de nutrientes” y dejar de mirarlo como un rollo o un fardo.

Según el especialista, la clave está en el balance entre el contenido celular (100% digestible) y la pared celular (fibra de digestibilidad parcial). “La alfalfa supera a las gramíneas porque se digiere y desaparece del rumen más rápido”, señaló y agregó que “este aumento en la velocidad de pasaje permite que el ‘balde’ ruminal se vacíe antes, impulsando al animal a consumir más materia seca por día”.
Para Elizalde “esta es la diferencia entre el éxito y la mediocridad: una alfalfa de alta calidad requiere solo 9 kg de materia seca para producir 1 kg de carne, frente a los 13 o 15 kg que demandan pasturas de menor calidad”.
Mientras que en leche, los datos de Juan Monge son contundentes: un incremento de 2 a 3 puntos en la digestibilidad de la fibra se traduce en medio litro más de leche por vaca/día.
En el silaje de alfalfa, el extra-procesamiento o triturado de la fibra potencia aún más esta eficiencia metabólica, transformando el forraje en un combustible de alto octanaje.

Por lo tanto, pensar en producir alfalfa es dejar de lado la nostalgia de «hacer las cosas como el abuelo». La meta es clara: escalar de las 170.000 toneladas históricas a un piso de 200.000 este año, con una proyección firme hacia las 700.000 toneladas anuales mediante la industrialización.













