Mirar el suelo, la llave de la “revolución productiva”

La genética de élite y la maquinaria de precisión no son herramientas suficientes para aumentar el nivel productivo. Hoy, el techo de rendimiento está presente y la “física del suelo” es la clave. “Estoy convencido que es un problema de suelo”, aseguró Ariel Cortina.

Pensar en aumentar la producción de alfalfa, sin mirar con atención el suelo y sin aportarle soluciones reales es una paradoja. Pese a contar con genética de élite y maquinaria de precisión, los rendimientos reales en el lote operan sistemáticamente por debajo de su potencial. 

Mirar la exportación de alfalfa, trabajar para aumentar esos números, sin tener en cuenta esta limitación es una “misión imposible”. Si bien muchas veces, la incapacidad de alcanzar los techos productivos suele atribuirse a variables externas, pero con mirar el suelo y aportar soluciones podríamos encontrar respuestas increíbles.

Al menos, eso es lo que asegura Ariel Cortina, Ingeniero Agrónomo y socio de Maxán. En diálogo con TodoAlfalfa marcó que la clave del estancamiento no reside en los insumos aéreos, sino en la base del sistema. 

Al analizar las barreras que impiden escalar la producción y la calidad exportable, su diagnóstico es contundente: «Estoy completamente convencido de que es un problema de suelo.»

El estrés abiótico: El ladrón silencioso del 65% del rendimiento

A la hora de realizar la planificación agrícola, identificar los factores limitantes no biológicos (el estrés abiótico) es un paso crítico. Según datos técnicos presentados en congresos internacionales indican que la interacción entre clima y degradación del suelo es responsable de la pérdida de hasta un 65% del rendimiento potencial, remarcó Cortina.

Esto se traduce casi siempre en estrés hídrico. El crecimiento depende directamente de la transpiración, proceso que permite el ingreso de dióxido de carbono para la fotosíntesis. Cuando el suelo no provee agua al ritmo que la atmósfera demanda, la planta pierde turgencia y la conductancia estomática se desploma.

«La planta es como que cierra la boca y al cerrar la boca se termina la producción. El 94% de una planta de soja, por ejemplo, es carbono, hidrógeno y oxígeno. Son los tres principales nutrientes que necesita un cultivo», indicó Ariel Cortina

Al «cerrar la boca», el cultivo detiene el procesamiento de los elementos que constituyen la gran mayoría de su biomasa, dejando al sistema en un estado de parálisis productiva. La clave, por tanto, no es solo que llueva, sino que esa humedad llegue a la raíz de forma ininterrumpida.

Para el entrevistado, históricamente el foco se puso en la química pero la física del suelo es el punto a mirar y tener en cuenta porque es lo que provoca la transpiración y, por ende, la rentabilidad.

El movimiento del agua en el suelo se rige por la «Ley de la Cuarta Potencia», donde la velocidad de flujo depende del radio del poro elevado a esa potencia. 

Esta realidad física tiene consecuencias económicas masivas:

Degradación de la red capilar: La compactación reduce el tamaño de los poros conductores, estrangulando las vías de transporte de agua.

Caída catastrófica de la velocidad: Debido a la ley exponencial, si el tamaño de un poro se reduce solo 10 veces, la velocidad con la que el agua se mueve hacia la raíz disminuye 10.000 veces.

Bloqueo del flujo de masas: Si bien el 94% de la planta es C, H y O, del 6% restante (nutrientes minerales), el 90% ingresa por flujo de masa. Esto significa que están solubilizados en el agua; si el flujo físico falla, la nutrición mineral se interrumpe por completo.

Este sistema físico es el árbitro final: decide si el agua almacenada está realmente disponible para el cultivo o si permanece atrapada en microporos inaccesibles.

Mirar el suelo en su totalidad, no solo en las raíces

Una decisión estratégica que es clave para el productor a la hora de cambiar radicalmente el sistema productivo es trascender el enfoque biológico de las raíces y concentrarse en la gestión del volumen total del suelo. 

Biológicamente, las raíces suelen ocupar apenas el 10% del volumen del perfil, dejando un 90% de recursos hídricos y nutricionales en sectores no explorados.Para una eficiencia total, el agua debe migrar desde ese 90% inactivo hacia la zona de influencia radicular. 

Las rotaciones y los cultivos de servicio son herramientas valiosas, pero a menudo resultan insuficientes por sí solas para restaurar la porosidad macroscópica si la estructura física está colapsada. La prioridad debe ser la creación de un ambiente físico y biológico óptimo.

El objetivo es transformar el suelo en un entorno habitable donde los macro-poros permitan que el sistema respire y el agua fluya.

La evolución de la tecnología agrícola está pasando de la fertilización convencional a la regeneración física y química del perfil. Maxan representa esta vanguardia: un producto nacido de una molécula con 35 millones de años de humificación, cuya estabilidad química impide que sea degradada rápidamente por la actividad biológica, asegurando una intervención duradera.

Su formulación líquida soluble posee un tamaño molecular que le permite penetrar profundamente entre las partículas. Su ventaja competitiva más disruptiva es su Capacidad de Intercambio Catiónico (CIC): mientras un suelo productivo estándar tiene valores de 20 a 30, Maxan ofrece un rango de 900 a 1.000.

Para implementar esta tecnología, se definen cuatro modalidades estratégicas:

Cobertura total: La estrategia principal de regeneración sistémica para homogeneizar la estructura en cada centímetro cúbico.

Uso con inoculantes: Para potenciar el nicho biológico inicial de la semilla.

Aplicación en línea de siembra (chorreado): Un enfoque directo para «trabajar para la planta».

Fertirriego y fertilización foliar: Complementos para mantener la dinámica nutricional.

Hoy el problema de rendimiento está  porque el agua no ingresa en cantidad suficiente, no queda retenida o no se mueve al ritmo que el metabolismo del cultivo exige. Revertir esto es una cuestión de infraestructura física del suelo.